TUS PALABRAS MODIFICAN TU BIOLOGÍA….Y LA DE LOS DEMÁS

TUS PALABRAS MODIFICAN TU BIOLOGÍA….Y LA DE LOS DEMÁS

Nuestras palabras tienen una fuerte influencia en los demás. Es ciertamente curioso ver el efecto positivo que tienen una palabras agradables en el otro, ¿verdad? Por el contrario, qué devastadoras pueden llegar a ser unas palabras cuando el contenido de las mismas lleva parejo un mensaje negativo que nos hace imaginar situaciones de dificultad. El efecto lo conocemos, ¿pero cuál es la causa?

Esas emociones que producen las palabras, tanto las unas como las otras, vienen producidas por un cambio en la estructura de las proteínas de nuestro organismo. Pura biología. Pero vamos por partes.

Uno de los primeros autores que conocí que trataba el asunto fue el sociólogo y Doctor en filosofía chileno Rafael Echevarría, quién acuñó el término que da título a una de sus obras fundamentales: La Ontología del Lenguaje, dando a su vez nombre al Coaching Ontológico. Lo que él denomina el “cambio de observador” se centra en cómo a través de las distinciones del lenguaje (el significado que le damos a cada palabra o grupos de palabras), cambiamos nuestra percepción de una misma realidad. A través de preguntas, de tipos de conversaciones, podemos hacer que una persona cambie la idea que tenía previamente al respecto de algo.

Que su “realidad” cambie a otra “realidad”.

Esta subjetividad confirma el hecho de que las cosas no son tales de forma tan absoluta como a veces creemos, sino que son la representación que cada uno de nosotros hacemos de ellas.

El ser lingüístico de Echevarría se estructura en tres dimensiones: El pensamiento (donde reside el lenguaje en esencia), la emoción (que viene producida por ese determinado lenguaje) y el cuerpo (o lo que es lo mismo, la fisiología que nos produce esa emoción). Por tanto, un lenguaje puede llevar a la acción (“lo voy a conseguir”) o a la parálisis (“no puedo”).

Como dice el propio Echevarría: “Toda conversación conlleva el potencial de la conversión, de la transformación personal”.

Si bien la argumentación de la obra de Echevarría es un tanto retórica (yo diría que incluso es aristotélica y tan filosófica que al profano le cuesta seguirla), le falta una base neurocientífica en su argumentación que la sustente. Se basa en una clara evidencia empírica (que ni el mismo David Hume podría refutar), pero que suple con un grado de argumentación mayúsculo.

Mi curiosidad de coach no me dejó satisfecho y seguí buscando en dos líneas. Por un lado, desde la escucha atenta de las inquietudes de mis alumnos, la de esos “aventajados” ansiosos por saber más y que son un estímulo intelectual de un valor incalculable con sus preguntas “a priori” imposibles de responder. Por otro lado, la búsqueda de obras que le dieran base científica a todo ello.

Jordi (uno de mis alumnos) me lanzó la pregunta que abrió la puerta a un campo lleno de respuestas. Hoy en día me parecen evidentes pero en ese momento no era tal mi grado de entendimiento del tema. “Si Echevarría habla de la conversación como base de la transformación personal, y eso es lenguaje…¿porqué no buscar lo que etimológicamente es una conversación?” Y así lo hice.

Conversación: “Versar (dar muchos giros, cambiar) en una reunión (-con) con un efecto o acción determinados (-tio)”.

Eso me permitió plantearme el asunto desde otra perspectiva.

Versar (Pensamiento..el QUÉ), con (el otro necesario para una conversación..el QUIÉN) y el efecto transformador o no (el CÓMO). Todo eso coincidía con las tres dimensiones de Echevarría: Lenguaje, Emoción y Cuerpo.

Y de nuevo la pregunta ¿Cómo estructura todo esto cada uno de nosotros a nivel biológico?

Decía Krishnamurti que “el maestro aparece cuando el alumno está preparado”. Un cierto tiempo más tarde encontré dos obras que me ayudaron a darle el soporte científico que me faltaba.

La primera de esas obras es “Neurociencia y Conducta” de Eric Kandel que contiene un capítulo maravilloso que trata de forma exclusiva sobre el cerebro lingüístico. Ya sabemos que el Sistema Nervioso recibe información a través de los sentidos, y en función de cómo interpreta esa información que recibe decide (de forma consciente o no) dar una respuesta a lo que el entorno le “dice”. El área que decide darle un cierto significado es la llamada área de Wernicke (área 22 de Broadman) dentro del lóbulo temporal de la corteza cerebral (la parte más evolucionada de nuestro cerebro), esa que nos hace seres “racionales”.

Con ese mensaje recibido e interpretado el cerebro da una respuesta. Ya sea con la boca abierta o cerrada emitimos un mensaje verbal como respuesta a esa información, porque lo sepamos o no, el cerebro está todo el día hablando. Incluso cuando dormimos el sabio subconsciente se encarga de ordenar todos los aprendizajes del día a modo de mensajes. La zona encargada de dar esa respuesta es la llamada área de Broca (las áreas 44 y 45 de Broadman dentro de la corteza motora). Curiosamente es en esta área donde se encuentran una neuronas muy especiales llamadas neuronas “espejo”, llamadas así porque se despiertan de forma casi automática anticipándose a las intenciones de los demás y en las que parece reside gran parte de la empatía. Esto me respondía parte de la ecuación: el VERSAR, el QUÉ.

En la misma obra trata sobre el Sistema Límbico o Cerebro Mamífero que se centra en gran parte en la gestión de las emociones. El también llamado Cerebro Químico. Ya tenía el QUIÉN.

El tercer factor se describe a través del llamado Cerebro Reptiliano o Cerebro Triúno basado en las respuestas más instintivas del tallo cerebral y el cerebelo. Tenía el CÓMO y se cerraba el círculo.

Lenguaje, intención y empatía están muy cerca, tanto en nuestro día a día como morfológica y fisiológicamente.

Es apasionante, ¿verdad?¿Cómo puede ser que todo esto se ponga en marcha con tanta precisión? ¿Cómo procesamos tanta información y de forma tan ordenada?

La otra obra que recomiendo es La Biología de la Creencia, del biólogo molecular americano Bruce Lipton, que es sin duda, una de mis obras de cabecera.

Es muy impactante el descubrir que todas nuestras creencias están insertadas en nuestro cuerpo a través de proteínas en el interior de nuestras células. También que las células aprenden de forma constante y que podemos re-programar nuestro interior a través del lenguaje, cambiando nuestra percepción consciente de la realidad. El cuerpo acaba haciendo el resto a través de esas proteínas inquietas que están en un constante movimiento de aprendizaje para leer con el mayor grado de detalle posible el contexto en el que se encuentra el mensaje, con la sana intención de interpretarlo con el mayor grado de precisión posible.

Rafael Echevarría lo anticipó pero Lipton lo confirma de un modo tan simple y llano que invita a recibirlo sin cortapisas. Lipton utiliza un sinfín de metáforas, algo que le da un toque “popular” a un asunto que de entrada podría parecer más peliagudo. O lo que es lo mismo: hablar de la membrana celular como si se tratara de un bocadillo de pan de molde en el que en su interior (entre las dos rebanadas que son los dos lados de la membrana celular) hay una capa de mantequilla (y que esa grasa sea la mielina que protege a los axones, las prolongaciones y ramificaciones de las neuronas a través de las cuáles se transmite la electricidad entre ellas). Esa capa impermeable cubierta de grasa, se abre para permitir la entrada de neurotransmisores en función de lo que el cerebro procese como la respuesta necesaria según el entorno (el canal de iones de neurotransmisores es como el tubo de plástico de un bolígrafo).

La parte más interesante en mi opinión es el foco en el aprendizaje. Para Lipton no somos seres humanos; somos comunidades de células que conviven y aprenden entre sí en el anhelo de buscar y encontrar un óptimo entre el equilibrio y el desequilibrio de fuerzas entre todas las interacciones de esas células. Y el lenguaje es, claro está, una pieza fundamental de todo ello.

Si no conseguimos el equilibrio enfermamos. La enfermedad es un síntoma de que el organismo carece de la suficiente fuerza y coherencia como para poder gestionar todo lo que el ambiente le muestra y sucumbe a las circunstancias.

Si el equilibrio persiste crecemos y no nos ponemos enfermos. Simplemente, estamos hechos para crecer, reproducirnos, crear cosas…pero somos seres emocionales con una química que en apariencia parece perfecta pero no lo es. En ocasiones nuestras emociones, nos producen quiebres y disgustos que paran ese equilibrio y crecimiento por la búsqueda de un entendimiento que todavía no ha llegado. Ya lo decía Blas Pascal: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”.

Dicho de otro modo, tenemos dos “modos”: el modo protección (para cuando percibimos el entorno como un problema) y el modo de expansión (para cuando todo funciona con normalidad). Parecía que las palabras eran solo palabras pero ya vemos que no, pueden tener la fuerza del mejor analgésico o la fuerza devastadora del arma más destructiva.

Es el entorno (lo estudia la epigenética) lo que hace que procesemos unas proteínas u otras para responder al contexto. Cuanto más complejo sea este, deberemos gestionar más “porquería”, que a veces incorporaremos a nuestro organismo sin querer por falta de recursos y aprendizajes previos adecuados. Lo haremos como necesidad de responder del mejor modo posible a lo externo. El lenguaje, los olores, los colores, las experiencias….todo se incorpora en las proteínas para bien y para mal. La ventaja es que en el momento que aceptamos eso, que “declaramos” que no sabemos de algo, nuestro organismo es tan sabio que nos permite transformar ese anhelo previo difícil y doloroso en aprendizaje, y por tanto, en crecimiento.

Nuestras creencias limitadoras fruto de experiencias difíciles del pasado (que no hemos sido capaces de incorporar como un aprendizaje y en ocasiones grabamos como un trauma) se fijan al cuerpo y nos paralizan. Si proyectamos esos miedos a los demás, lo que conseguiremos es que tengan esos miedos, los nuestros.

Nuestras proteínas (complejos entramados de aminoácidos en cadenas como si de collares de cuentas se tratara) consiguen hacernos creer que porque un intento fallido lo fue, lo fue por las circunstancias y no por falta de aprendizajes o de recursos, o de una mala combinación de los ingredientes…haciendo que los intentos futuros se conviertan en intentos fallidos antes siquiera de intentarlos. Tomemos conciencia de ello y cambiemos la combinación de los ingredientes porque es posible que algo cambie; quizás lo fundamental.

En conclusión, vigila lo que dices porque sin duda lo que dices es siempre de vital importancia, tanto para ti como para los demás. Tu biología y la de los demás están en juego.

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