Lenguaje (I)nterno/ Lenguaje (E)xterno

Autor: Eduardo de Bustos

Resumen del Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica

Editorial Trotta

De forma paralela a la distinción entre lenguaje y lengua, se suele establecer una oposición fundamental ente el lenguaje como una realidad autónoma respecto a las capacidades biológicas y sociales de los individuos, que sería el lenguaje en cuanto externo al individuo, el lenguaje-E, y el lenguaje-I.

El lenguaje-E

Está constituido por el conjunto de los productos lingüísticos, el resultado de las acciones comunicativas que se realizan mediante el uso de las diferentes lenguas, esto es, por los ejemplares o proferencias lingüísticas.

Muchas disciplinas que estudian las lenguas; como la filología, la sociolingüística, o la antropología lingüística se centran en el lenguaje E, en las manifestaciones externas de la capacidad lingüística general, en la medida en que esta se concreta en las diferentes lenguas naturales.

El lenguaje-I

Consistiría en un estado inicial de la mente/cerebro que encarnaría la capacidad lingüística común a la especie humana y, por otro, por el conjunto de estados psicológicos que son el resultado de la maduración y fijación de esa capacidad lingüística, las diferentes lenguas humanas.

Solo el lenguaje-I es susceptible de ser objeto de investigación científica., sólo él es un objeto de investigación natural. Dicha investigación se realiza a su vez en dos niveles de concreción:

Primer nivel (Descripción/ explicación de la disposición lingüística en general)

Describiría el estado o disposición neurológica primigenia, previa a cualquier proceso cognitivo de maduración neurológica o aprendizaje social.

Noam Chomsky, lo ha asociado a la concepción racionalista, en el intento de especificar una gramática universal, un conjunto muy abstracto de estructuras que fuera compatible con la variedad de gramáticas de las diferentes lenguas  y que además, fuera un modelo plausible de las estructuras biológicas, comunes a la especie humana, que constituyen nuestra capacidad lingüística. Es decir, determinar que principios abstractos comunes se derivan de todas esas lenguas.

Segundo nivel (Las lenguas-I en las que se ha concretado la capacidad lingüística general)

Se trata de describir de una forma abstracta estructuras biológicas. Los diferentes estados neuronales en que derivado la capacidad lingüística original. Según Chomsky, eso debe hacerse desde la especificación de las diferentes gramáticas que se derivan de los principios de la gramática universal.

Se deben tener además en cuenta dos constricciones más:

  1. La descripción ha de ser compatible con los datos de las lenguas (descriptivamente adecuada).
  2. Ha de constituir un modelo plausible de las estructuras neurológicas correspondientes (explicativamente adecuadas).
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El Diálogo

Autor: Jesús Alcolea

Resumen del Compendio de Lógica, Argumentación y Lógica

Editorial Trotta

El término diálogo procede del latín, dialogus, y este del griego, dialogos, que deriva de dialogomai, con el significado de conversar, discurrir. Se expresa como un discurso racional originado en la conversación entre varios agentes que a través de preguntas y respuestas muestran su interés por una investigación común. Por ello, el recurso al diálogo se encuentra en todas las manifestaciones de la dialéctica.

Gadamer ha identificado el diálogo con un instrumento epistémico y con un modo efectivo del lenguaje, que guarda una relación especial con la comunidad potencial de la «razón», que es una comunidad de dialogo, y en la que cuando dos personas intercambian impresiones, se confrontan dos visiones del mundo.

«La palabra solo encuentra confirmación en la recepción y aprobación por el otro. Las conclusiones que no vayan acompañadas del pensamiento del otro pierden vigor argumentativo».

Platón

Apel (1972) Y Habermas (1981), en la idea de una comunidad ideal de comunicación, la basan en un diálogo que «contendría la consumación de la verdad». Se configuraría a través de condiciones que satisfechas por un acuerdo válido y vinculante, afectarían a los agentes racionales.

Para Walton (2006), un diálogo es un tipo de conversación con un determinado fin y en la que dos conversadores (como mínimo) toman la palabra por turnos. Además de argumentos, los diálogos contienen preguntas, respuestas, explicaciones, instrucciones sobre cómo hacer algo, etc.. Para que el diálogo tenga éxito entre los participantes, han de poder formular los argumentos, pues si una parte recurre a la fuerza para silenciar a la otra, queda obstruida la posibilidad de éxito.

En el diálogo se pueden identificar 5 rasgos:

  1. El tema (o cuestión) suele quedar codificado en las tesis o (contra-)propuestas defendidas por las partes.
  2. Las propuestas de cada parte que se configuran con una proposición y actitudes a favor o en contra.
  3. Cada parte tiene su turno y no debe impedir que la otra pueda expresar su punto de vista.
  4. La oposición de puntos de vista (conflicto de opiniones) puede resultar en la verdad de una tesis y en la falsedad de la otra.
  5. El uso de argumentos para conseguir que la otra parte cambie su punto de vista y llegue a aceptar el punto de vista del argumentador, rechazando así su postura anterior. Ambas partes, pase lo que pase, pueden entender y aprender algo de las otras posturas y de las razones ofrecidas en los contra-argumentos.

Walton ha diferenciado diferentes tipos de diálogo cuyas características, objetivos perseguidos por las partes, así como sus objetivos, se resumen en la tabla siguiente:

 

 

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Respuesta contra Reacción

Es muy habitual confundir la una con la otra; pero si nos paramos a observar con atención podemos determinar claramente algunas diferencias muy significativas:

La Reacción

Soltamos, «vomitamos», proyectamos una información sin poner verdaderamente, ni el valor del propio mensaje, ni el impacto que acabará provocando en nuestro interlocutor. Es decir, no tenemos en cuenta al otro tirando por tierra aquello tan importante que la pragmática de la comunicación nos dice: que el propio propio proceso de comunicación tiene aspectos que facilitan o impiden una comunicación eficaz.

Es la transmisión de una información de la que el emisor no se hace plenamente responsable; y al no hacerlo, pierde no solo capacidad para gestionarla, sino que además pierde de vista muchos de los matices que se producen en el propio acto de la comunicación.

El resultado que obtenemos es una sorpresa, una casualidad y para nada una causalidad consciente. Es una accidente en el que lo que aparece expone al orador a un precipicio que en muchas ocasiones le hace comportarse de forma rígida, no consciente y por tanto, con altas posibilidades de conducirle a un fracaso.

La Respuesta

Por contra, si nos centramos en dar una respuesta, lo que hacemos es gestionar el contexto con un mayor grado de responsabilidad («habilidad de respuesta»).

En este caso, de forma más o menos consciente, estamos poniendo en valor el mensaje que tenemos entre manos. No «soltamos o vomitamos» algo valioso. Lo que hacemos es «masticarlo» para empezar a ser conscientes de los sabores y matices que tiene ese mensaje. Y desde la responsabilidad, lo defendemos con la responsabilidad de hacer plenamente partícipe a nuestro interlocutor. Para que ese valor que sabemos que tiene nuestro mensaje, le llegue de pleno derecho al otro; para que de añadido, se sienta a su vez más valioso después de haberlo escuchado.

Es aquí cuando el propio proceso de comunicación se alía también con los participantes, no solo con el emisor, sino también con el receptor. Los dos se enriquecen ya que al ser por definición mucho más flexible, el proceso de comunicación humana puede enriquecerse con todos los matices que la propia dinámica proporciona.

Los matices del lenguaje Verbal (palabras), ParaVerbal (matices como el tono, la velocidad, etc…), y el Lenguaje NoVerbal (los gestos de la cara y el cuerpo) se gestionan como los ingredientes de un plato puesto en la mesa para satisfacer a un comensal de fino paladar.

El resultado es más esperable porque se va gestionando a medida que el proceso se va construyendo sobre si mismo. De lo accidental pasamos a lo estratégico, y por tanto, el miedo se disipa porque lo único que esperamos es dar un mejor matiz a aquello que posiblemente nuestro interlocutor, no ha sido capaz de detectar. No por su culpa, sino por la responsabilidad que tenemos como  oradores.

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La fuerza retórica de la Ironía

Autor: Jesús Alcolea y Adelino Cattani

Resumen del Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica

Editorial Trotta

Cuando la gente está de acuerdo conmigo siempre siento que debo estar equivocado.

Oscar Wilde (1854-1900) (Dramaturgo y novelista irlandés)

Es una de las grandes formas retóricas que ha conservado su fuerza en todos los campos, pues al extenderse a todos los detalles de la vida cotidiana, ningún humano está a salvo de suscitarla.

La ironía es el uso de una palabra de manera que transmita el significado opuesto a su significado literal. Usada para enfatizar un error o una mala acción.

Como tropo que transfiere un significado, se relaciona con el tópico de la los contrarios o el tópico de la contradicción. Así, la ironía es una «contradicción consentida». Es en rigor, la trasgresión patente de una regla tácita según la cuál quien habla tiene que decir cosas sensatas y verdaderas. Esto entraría en colisión con el llamado principio de cooperación (Grice, 1991) de las conversaciones.

La ironía deber ser tomada como un medio y no como un fin. Se nota en el modo en que la persona habla, en su tono y sus ademanes. Se trata de un recurso muy sofisticado, que debe usarse con mucho cuidado, pues si se calcula mal la inteligencia del auditorio, este puede tomar las palabras con un sentido manifiesto y no con el sentido opuesto con el que se pretendieron decir.

Quintiliano hablaba de la ironía como «el fingimiento de toda intención, que se trasluce más que se manifiesta«.

Cicerón ya había subrayado la relación de la ironía con la elegancia y el buen gusto en la conversación: «es un procedimiento especialmente elegante, no solo gracioso dentro dentro de la seriedad y de las  fintas oratorias, sino apropiado a una conversación refinada«.

Si nos paramos a observarla, la ironía de Sócrates, tiene el alcance de una lógica que trata de liberarnos del error, de purificar nuestro espíritu y ponernos en camino de descubrir la verdad. Se nos presenta también como una actitud mental, en la que desempeñan un papel muy importante la comicidad, el escepticismo y la crítica.

Sócrates interroga fingiendo ignorar lo que sabe, para conseguir descubrir lo que ignora o no puede saber, él o su interlocutor.

Kierkegaard (uno de los grandes estudiosos de la ironía de Sócrates y del entorno conceptual romántico) reconoce una serie de aspectos teóricos y el hecho de que es esencialmente crítica, aunque la forma más común de ironía consista en decir seriamente algo que, sin embargo, no es pensado como algo serio» y tengo bastante que ver con el modo en el que una persona se conduce con otra.

La ironía es un magnífico bisturí que, cuando se sabe aplicar, dota a toda nuestra vida de salud y verdad.

F. Schlegel (1994) Fragmentos del Liceo: «Pero además, la ironía contiene y provoca un sentimiento de irresoluble conflicto entre lo incondicionado y lo condicionado, de la imposibilidad y necesidad de una plena comunicación. Es la más libre de todas las licencias,  pues a través de ella se sitúa una más allá de sí mismo; pero es también la más reglada, pues es incondicionalmente necesaria».

Cuando tomo un tono duro se torna en sarcasmo, que puede desembocar en una demostración de odio o enemistad. Se puede usar en la alabanza y en la censura, pero entendidas entonces en sentido contrario.

El doble sentido, tiene un valor argumentativo y explica su impacto. Con frecuencia, su victima toma el mensaje al pie de la letra, lo que la torna ridícula de cara al auditorio, sobre todo si aquella tarda en captar la ironía, y es lo que le confiere cierta finura e incluso crueldad. Desde un punto de vista retórico, refuerza la conexión entre el hablante y el público. En caso de que perciba la ironía, el auditorio puede agradecer su poder y mostrarse más dispuesto a aceptar las tesis del argumentador.

Perelman sostenía que se puede utilizar en todos los contextos argumentativos, pero presuponiendo siempre que una información complementaria sobre los hechos, las normas e incluso sobre los hechos, las normas e incluso la posición de hablante.

Es por ello, que a veces se constituya como una actitud defensiva, cuya eficacia se incrementa a medida que el grupo al que se dirige disminuye. Aunque también se la puede considerar como una arma ofensiva.

La ironía es un arma ofensiva , el humor sirve de escudo protector.

G. Elgozy (1979)

Linda Hutcheon (1994) establece una clasificación escalonada de las diversas funciones que puede tener, desde la que posee una carga afectiva o crítica mínima a una carga afectiva o crítica máxima:

  1. Reforzamiento de un punto o aspecto en la conversación cotidiana (para dar énfasis o precisión).
  2. Complicación verbal y estructural, introduciendo ambigüedad o imprecisión lúdica, asociada a la burla o al humor.
  3. Distanciadora para marcar la indiferencia o la falta de compromiso, o para adoptar una nueva perspectiva.
  4. Auto-protectora en plan defensivo
  5. Provisional, que huye de lo definitivo, fijando condiciones, salvedades o desmitificaciones.
  6. Oposicional al poseer unos efectos pragmáticos opuestos: lo que puede parecer subversivo a unos puede parecer ofensivo a otros.
  7. Agresora cuando el fin sentido o inferido de la ironía es el ataque destructivo o la invectiva; y
  8. Sumadora en el sentido de poder crear una comunidad como una élite excluyente.

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El Principio de Cooperación

Autor: Jesús Alcolea y Adelino Cattani

Resumen del Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica

Editorial: Trotta

No todos dicen la verdad y no todos son cooperativos, pero como la sociedad no puede prescindir de la regla de oreo de no decir falsedades, la comunicación ordinaria se rige por un «principio general que regula el uso del lenguaje», una especie de contrato implícitamente estipulado entre hablantes, bajo el supuesto de que nuestros discursos son sensatos, motivados, justificados.

Tal principio desarrolla un papel fundamental en el complejo proceso interpretativo de la comunicación. en esta vale, en efecto, una «presunción de sensatez» equiparable a la «presunción de inocencia salvo que se pruebe lo contrario» que vale en el campo social y procesal.

Paul H. Grice (1975) dio una formulación, y que reza así:

«Haga usted su contribución a la conversación tal y como lo exige, en el estadio en que tenga lugar, el propósito o la dirección del intercambio que usted sostenga».

Paul Grice (1991 [1975]:516)

Es un principio de racionalidad comunicativa que desempeña, además, un papel epistemológico y ético. A juicio de Grice, es aplicable a cualquier interacción, incluida la no verbal.

El principio de cooperación se articula en cuatro máximas de la conversación, expresables en las cuatro reglas kantianas , y sobre todo, aristotélicas, de calidad, cantidad, relación y modo. (Ver máximas de la Conversación (https://www.ferran-tucoach.com/las-maximas-de-la-conversacion/).

Si el mensaje del otro no resulta racional a primera vista y no respeta las cuatro máximas señaladas, uno se esforzará por encontrar un sentido o un significado diferente (metafórico, eufemístico, irónico, etc…). La evidente no racionalidad de lo que dice nuestro interlocutor determinará una implicatura.

Algo característico del principio de cooperación es que nos permite captar la relación entre el significado literal y el significado perseguido o pretendido por quien habla, desambiguar la anfibología, pasar de «Fulano ha dicho x» a Fulano ha querido decir z con x», a través de una serie de pasos «calculables».

Puesto que se supone que es cooperativo, pretendía decir algo diferente. ¿Qué otro sentido puede la expresión? Luego el principio de cooperación impulsa la búsqueda de otro significado. Resulta significativo que Grice use el término «calcular» para designar el proceso que permite comprender e inferir una implicatura.

En otras palabras, el proceso que permite captar una metáfora, una alusión, una insinuación, etc.., es para él un razonamiento y este razonamiento es un cálculo fundado, por así decirlo, en un axioma (el principio de cooperación) y en sus teoremas (las máximas de la conversación).

Jürgen Habermas (1981), cuando habla de la racionalidad de la acción comunicativa, en tanto que distinta de la acción estratégica y de la acción simbólica, se refiere esencialmente a las expectativas de verdad, a los requisitos de sinceridad, de claridad, de coherencia entre lo que se dice y lo que se piensa, que caracterizan el principio de cooperación descrito.

Grice ha influido de forma especial en e pensamiento de los lógicos informales en lo relativo a la interpretación de los textos argumentativos. Su teoría es comparable a la idealización que encierra la noción de discusión crítica de Van Eemeren y Grootendorst (1992b). Estos expertos introdujeron el principio de comunicación («Sé claro, honesto, eficaz y ve al grano»), que desempeña un papel epistemológico similar al de Grice y del cual procede un parte.

Según Leech (1998), se debe añadir a todo lo anterior, un principio de cortesía o educación que desempeñaría un papel regulador superior a aquellos y que sería útil para preservar el equilibrio social y las relaciones de amistad o familiaridad que nos llevan a suponer que nuestros interlocutores están siendo cooperativos.

Cuando la retórica (entendida como el arte de construir el discurso), es la otra cara de la moneda de la hermenéutica (arte de interpretar el discurso), la contrapartida del principio de cooperación debería ser el llamado principio de caridad (o de interpretación benévola): ambos prescriben un comportamiento que es razonable seguir para hacerse entender, el primero válido sobre todo para el hablante, el segundo para el oyente.

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La Metáfora

Autor: Eduardo de Bustos

Resumen del Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica

Editoral Trotta

El amor empieza por una metáfora

Milan Kundera (Escritor)

Desde un punto de vista tradicional, la metáfora se ha considerado un fenómeno típicamente lingüístico, algo que sucede en la lengua y que solo los hablantes competentes de esa lengua pueden producir y comprender.

Asimismo, tradicionalmente, la metáfora ha sido juzgada como una anomalía, como un fenómeno lingüístico o una utilización de la lengua de carácter no regular, extraordinario. Como un tipo de tropo o forma de lenguaje figurado, a la par con la metonimia, la ironía, la sinécdoque u otras figuras.

Consiste en aplicar a una cosa la denominación (o la predicación) corriente de otra realidad.

La teoría retórica tradicional se ha enfrentado con los problemas de caracterizar y clasificar las restricciones a las que tienen que estar sometidas las metáforas para tener éxito, para ser reconocidas como tales metáforas y ser ordenadas en una escala de valor retórico (por su valor, belleza, propiedad, profundidad, etc…).

La posible relación entre la metáfora y la cognición constituye un problema filosófico interesante en la medida en que no se suscriba una teoría reduccionista de la metáfora, esto es, una teoría que la asimile a una comparación u otra clase de enunciado literal.

Cuando no se suscribe una posición reduccionista, se dan dos posibilidades:

a) no adscribir a las metáforas un contenido cognitivo propio, aunque puedan desempeñar un papel en la constitución y transmisión del conocimiento.

b) afirmar que las metáforas tienen un contenido propio, expresión de un conocimiento que no es reducible por tanto al de las posibles paráfrasis literales.

Es una opinión corriente que todo contenido cognitivo ha de poseer un valor de verdad o, dicho de otro modo, que una teoría de la verdad quedaría incompleta si no se aplicara a todas las entidades lingüísticas con un contenido cognitivo. Esta cuestión se puede plantear además en los tradicionales dos planos.

  1. En el plano individual, los psicólogos (del lenguaje, evolutivos) se han planteado esencialmente cuestiones referentes al tipo de operaciones mentales que sustentan la metáfora y su enraizamiento en la estructura cognitiva humana. El examen de la metáfora, ha constituido una vía de acceso al estudio del proceso, o conjunto de procesos, rotulado como analogía, y a situar ese proceso en el conjunto de las estrategias cognitivas etiquetadas como inferenciales.
  2. En el plano social o colectivo, las cuestiones fundamentales relacionadas con la metáfora tienen que ver con la función de la metáfora en las teorías científicas, el lugar que ocupan en la constitución de conceptos y disciplinas científicas, no en las simples funciones accesorias de transmisión o divulgación del «conocimiento científico».

Criterios de clasificación de las metáforas

1. La metáfora (no) es un fenómeno primordialmente lingüístico

Sirve para distinguir las teorías que consideran que la metáfora es, ante todo, un fenómeno mental, básico en procesos cognitivos como la conceptualización o la representación, de aquellas teorías que, conciben la metáfora como un fenómeno léxico, oracional o textual.

Esto no impide que las teorías cognitivas no reconozcan que el análisis lingüístico es el medio privilegiado para acceder a los procesos mentales en general y al metafórico en particular.

2. (No) Existe el significado metafórico 

Las teorías contemporáneas propiamente lingüísticas postulan o niegan la existencia de un significado metafórico.

Pero el reconocimiento del significado, es independiente del carácter de la teoría que se proponga para su explicación.

2.1 Existe un significado independiente y caracterizable en términos de las reglas de la semántica. La gramática de la lengua «determina» el conjunto de las expresiones que pueden, y han de, ser interpretadas metafóricamente.

2.2 Existe un significado metafórico, que se basa en los procedimientos de expresión y comprensión de las intenciones comunicativas de los hablantes. El sistema de la lengua limita de una forma general el funcionamiento de tales procedimientos, pero con constituye una explicación de la forma en que, en circunstancias concretas, se produce una interpretación metafórica.

Esta es la posición propia de las explicaciones pragmáticas de la constitución del significado metafórico como la de J. Searle

2.3 No existe el significado metafórico. Aunque puedan tener una función comunicativa, tal función no es explicable en términos de la expresión y comprensión de un contenido significativo (proposicional), sino en términos del uso del significado literal de las expresión, que se utiliza como metáfora.

3. La metáfora, o el significado de metafórico, se define con respecto al significado literal, esto es, deriva de él.

De acuerdo con este criterio, la noción básica es la de significado literal y la secundaria, en una u otra forma, la de significado metafórico. Podemos distinguir en tres tipos de teorías:

3.1 La relación consiste en una función que, aplicada al sentido literal, nos proporciona el significado metafórico. Bajo este subgrupo de teorías se pueden clasificar tanto los intentos lingüísticos de explicar la metáfora en términos de la violación de las restricciones categoriales (Levin, 1977), como los intentos más modernos de construir una teoría computacional de la metáfora.

3.2 La metáfora surge como producto del fracaso o violación del sentido literal, pero no existe una relación formalmente especificable entre el significado literal y el metafórico, no existe una función que permita establecer el significado metafórico.

3.3 La metáfora es producto de la consideración conjunta del significado literal y no literal de las expresiones que la componen. LA forma en que funciona se basa en la interrelación de los dos tipos de significado, generalmente en la forma de proyección de la estructura del significado, metafóricamente en el metaforizado.

Todas las teorías que caen bajo este criterio comparten un supuesto de base; que se puede trazar una frontera lo suficientemente nítida o tajante entre la noción de significado literal y la noción de significado metafórico.

4. La metáfora es (ir)reductible a otro tipo de expresiones

4.1 En cuanto a su contenido cognitivo: la metáfora es equivalente a uno u varios enunciados literales. No se puede mantener que la expresión metafórica es reductible a expresiones literales y, al mismo tiempo, sostener que las metáforas no tienen contenido cognitivo.

4.2 En cuanto a su dimensión emocional, intuitiva o asociativa: la expresión metafórica no es reductible, pero solo en cuanto a sus connotaciones, esto es, pudiera ser que el contenido cognitivo fuera el mismo de la expresión literal equivalente, pero no las resonancias de la expresión: su cualidad expresiva, retórica, poética, etc…

5. La metáfora (no) tiene contenido cognitivo

5.1 La metáfora tiene un contenido cognitivo irreductible a cualquier expresión literal o conjunto de ellas. El contenido cognitivo que comporta solo es expresable en esos términos metafóricos.

5.2 La metáfora no tiene en sí misma contenido cognitivo, pero es un medio para acceder a contenidos cognitivos. En este sentido puede ser irremplazable, o insustituible, en cuanto a instrumento heurístico.

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Las máximas de la Conversación

Autor: Adelina Cattani y Jesús Alcolea

Resumen del Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica.

Editorial: Trotta

Son las basadas en H.P.Grice (1989b), uno de los padres de la pragmática. Desarrolló el concepto de implicatura para denotar el acto de dar a entender, implicar o sugerir alguna cosa diciendo algo más, es decir, las implicaciones pragmáticas y contextuales en cuanto distintas de las implicaciones lógicas.

A diferencia de una implicatura lógica, la implicatura conversacional depende del contexto conversacional y es inferida por el interlocutor partiendo del presupuesto de que quien habla es cooperativo y se atiende a lo que Grice define como principio de cooperación.

Grice individualiza dos tipos de implicaturas:

  • Las implicaturas convencionales; determinadas por el significado de las palabras usadas. Son arbitrarias e imprevisibles, no cancelables y no inferibles.
  • Las implicaturas conversacionales; que se encuentran “esencialmente” vinculadas a ciertos rasgos generales del discurso”. Son naturales y no convencionales, cancelables e “inferibles”.

Al principio de cooperación se le deben añadir las 4 máximas conversacionales (paralelas a las máximas de Aristóteles y Kant), que pueden ser generalizadas (si es decisivo el léxico, pero no el contexto) o particularizadas (si es decisivo el contexto).

Máximas conversacionales

       1. CANTIDAD

  • Haga usted que su contribución sea tan informativa como sea posible.
  • No haga usted que su contribución sea más informativa de lo necesario.

       2. CALIDAD

       Expresada por la supermáxima “Trate usted de que su contribución sea verdadera” y articulada en dos submáximas:

  • No diga usted lo que crea que es falso.
  • No diga usted aquello de lo cual carezca de pruebas adecuadas.

        3. RELACIÓN

  • Vaya usted al grano.

        4. MODO

       Expresada por la supermáxima “Sea usted perspicuo” y articulada en estas submáximas:

                  1. Evite usted ser oscuro al expresarse.

                  2. Evite usted ser ambiguo al expresarse.

                  3. Sea usted escueto (o evite ser innecesariamente prolijo).

                  4. Proceda usted con orden.

Aunque en el siglo XX, se haya desplazado el interés del concepto de verdad a la noción de comunicación, o dicho de otro modo, desde una concepción formal de la lógica del discurso, centrada en la verdad lógica y en las proposiciones, a una concepción pragmática, centrada sobre la modalidad del hablar, que es una modalidad del hacer, esta primacía de la acción se puede remontar a Aristóteles y a Kant, y son aristotélico-kantianas las categorías sobre las que se basan las máximas de Grice.

Las máximas dan pie a las diferentes figuras retóricas, en especial, a las figuras de lo que no se dice, de lo que se suprime o se sugiere, como la elipsis, la preterición, la reticencia, la alusión, el énfasis.

En términos de razonamiento retórico, dan origen al entinema, entendido como un razonamiento cuyos elementos no se explicitan íntegramente.

También existe una correlación entre las 4 máximas conversacionales y las llamadas virtutes elocutionis de los tratados de retórica. Se dice que los tres requisitos de una comunicación eficaz son: ser verosímil, ser claro, ser breve. El discurso será correcto, conveniente y adornado, y tres serán los efectos o modalidades de persuasivas: informar (o docere), conmover (o movere), agradar (o delectare). Unificando las máximas de cantidad y las de relación («diga lo que es necesario» + «diga que lo es pertinente») se obtiene un buen paralelismo.

Conviene señalar que estas 4 máximas se fijan no tanto para ser rigurosamente respetadas, como para ser incumplidas a fin de  comunicar algo de forma indirecta. Son los medios para decir de forma diferente lo que se quiere decir o para decir lo que no se puede decir porque es censurable, impropio, tabú o impertinente, o para transmitir significados supuestos de forma socialmente aceptable.

Si la violación de las máximas se hace con espíritu cooperativo se origina una implicatura conversacional; si no es cooperativa se tiene una falacia.

Existen diversos tipos de falacias en función de la violación de la máxima.

I. Violación de la máxima de cantidad (informatividad)

I.1 No decir menos de lo necesario.

      a. falacia de evidencia suprimida.

I.2 No decir más de lo necesario

       a. falacia de la pregunta compleja

II. Violación de la máxima de cualidad (verdad).

        a. falacia de la generalización injustificada y precipitada.

        b. falacia de la causa falsa.

        c. falacia de composición.

         d. falacia de la división.

         e. falacia ad ignorantiam.

         f. falacia ad populum.

         g. falacia ad verecundiam.

         h. falacia del doble rasero.

III. Violación de la máxima de relación (pertinencia y validez de relación)

          a. falacia ad hominem.

          b. falacia tu quoque.

          c. falacia ad baculum.

          d. falacia de ignoratio elenchi.

          e. falacia ad misericordiam.

          f. falacia de petitio principii.

IV. Violación de la máxima de modo (cómo se expresa lo que se quiere decir).

     IV. 1. Sea claro

     IV. 2. Sea breve.

     IV. 3. Sea ordenado.

     IV. 4. Evite la ambigüedad.

                a. falacia de anfibología.

                b. falacia de equívoco.

                c. falacia de acento.

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El Contexto (el marco del Texto)

 

Autor: Paula Olmos

Resumen del Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica

Editorial: Trotta

La especialización de su parónimo «texto» en las lenguas modernas ha hecho que finalmente y según nuestro DRAE (2001) su primera acepción en español sea la de «entorno lingüístico del cual depende el sentido y el valor de una palabra, frase o fragmento considerados. Solo en segundo lugar como: «entorno físico o de situación, ya sea político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el cual se considera un hecho».

La valoración del contexto como pieza clave para la interpretación, explicación y análisis de distintos fenómenos por los que se interesan la lingüística, la filosofía del lenguaje, el análisis del discurso y, más recientemente, la epistemología y la filosofía de la ciencia.

Por su parte, la rama lingüística de la pragmática, como pionera del estudio del lenguaje «en uso», se ocupa de distintos aspectos que le permiten tener en cuenta el contexto lingüístico en que se producen los enunciados o proferencias. De hecho, la propia definición de cualquier acto de habla incluye necesariamente la referencia al «contexto comunicativo» de su emisión, en el que adquirirá su valor y significado propios y que determinará las condiciones para su éxito ilocutivo.

La pragmática lingüística se habría ido comprometiendo, de manera cada vez más estrecha, con la idea de que la fuerza ilocutiva de los actos de habla no puede reducirse sólo a criterios sintáctico-semánticos, sino que precisa de la valoración del «contexto de  proferencia» de las oraciones.

Pero si profundizamos más, tenemos dos áreas en las que el grado de detalle puede ser incluso más esclarecedor: por un lado, la semántica inferencialista«, y por otro, el análisis del discurso.

  • La semántica inferencialista se centraría en la consideración del «contexto inferencial» de los enunciados, en piezas de carácter lingüístico que presentarían vínculos inferenciales con el enunciado en cuestión, determinando sus posibles habilitaciones y compromisos inferenciales (Brandon, 1994).
  • El análisis del discurso, por su parte, presentaría una metodología, de carácter netamente empírico que incluye la descripción y valoración, en sentido suficientemente amplio, de los contextos sociales, políticos, históricos y culturales (Gee, 2002) en que se dan del lenguaje y la producción de discursos.

Desde la perspectiva de la teoría de la argumentación, también podemos hablar de aproximaciones más o menos «contextualistas» al análisis de los argumentos y de las prácticas discursivas de argumentar, siendo este uno de los parámetros que distinguiría los tres enfoques lógico, dialéctico y retórico de tales temas.

No hay duda de que de la consideración del argumento como «producto» (perspectiva lógica),  a la valoración de los «procedimientos» reglados para su uso (perspectiva dialéctica), hasta el estudio de todo el «proceso» que suponen prácticas argumentativas (perspectiva retórica), se está invocando una progresiva incorporación de elementos contextuales al análisis, ya sea con intención descriptiva o normativa, de los fenómenos argumentativos.

En sus estudios sobre la argumentación, Amossy (2006) se impone como tareas propias tres consideraciones, todas ellas de marcado carácter contextualista.

a. Referir el discurso a su lugar social y sus marcos institucionales;

b. superar la oposición entre texto y contexto teniendo en cuenta los factores sociales que «forman parte del texto» y

c. superar el individualismo que considera al autor soberano de su discurso, teniendo en cuenta la participación del auditorio.

Dentro del punto b. Amossy enumera a su vez, el estatuto del orador, las circunstancias socio-históricas de su discurso, el auditorio al que se dirige, la distribución de roles en la práctica discursiva concreta, las opiniones y creencias de la época, etc…

Otra aportación, la de Tindale, en su obra Acts or Arguing (199; 6-7), defiende el modelo retórico como superador de las carencias de los enfoques lógico y dialéctico, precisamente por su «concentración en los contextos».

Tindale llega a hacer un esfuerzo considerable en la concreción de los elementos que conformarían el contexto significativo de los actos de argumentar y que incluiría, según este autor, las siguientes componentes:

  1. los elementos que conforman la «localidad» del acto (locality);
  2. el trasfondo (background) de la discusión, debate u ocasión argumentativa;
  3. el agente argumentador (arguer);
  4. el auditorio (audience) a que aquel va dirigido (1999: 75-85).

En esta distribución bastante simétrica de los componentes del entorno/ contexto; dos elementos agentes (3,4) y dos situacionales (1,2), de los cuales, uno fundamentalmente físico-social (1) y otro fundamentalmente intelectual-lingüístico (2). Eso si, no encuentra un lugar específico para los marcos más institucionales.

Por lo demás, siguiendo la estela del Tratado de la argumentación de Perelman y Olbrechts-Tyteca (1958), Tindale se habría concentrado, fundamentalmente, en precisar la importancia contextual de los auditorios, y ello tanto en su vertiente de necesario referente constructivo del propio argumentador, como en lo relativo a su efectiva participación en el éxito argumentativo del discurso.

 

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¿Qué es una proposición?

Autor: Xavier de Donato
Resumen de la entrada en el Compendio de Lógica, Argumentación y Retórica.
Editorial Trotta

Según la concepción más extendida una proposición es una entidad abstracta, extralinguística, independiente de la mente, portadora primaria de verdad o falsedad,y que proporciona el significado de las oraciones declarativas del lenguaje.

En la Edad Media, propositio, denotaba una oración susceptible de ser verdadera o falsa, y traducía la palabra griega «protasis», usada por Aristóteles en el sentido de «logos afirmativo o negativo de algo acerca de algo».

Después de la Edad Media, se continúo usando para referirse a la entidad lingüística consistente en la expresión hablada o escrita en un juicio. Al igual que Frege posteriormente, Bolzano concibió las proposiciones como complejos constituidos por entidades abstractas, independientes de la mente. El significado del término proposición como entidad abstracta independiente del lenguaje que es expresado por un enunciado aparece en textos de Frege. Husserl, Russell y Moore, si bien es verdad que coexistió con el significado de proposición como «secuencia de palabras».

Frege y Russell abordaron el problema de la estructura y unidad de la proposición, con soluciones que, de un modo u otro, están presupuestas en los actuales tratamientos. Un pensamiento fregeano (una proposición, en nuestros términos) es el sentido expresable por una oración: un objeto estructurado, funcionalmente compuesto por los sentidos correspondientes a las partes sub-oracionales, y que determina la referencia de la oración, es decir, su valor de verdad.

En Russell (1903), una proposición es también una entidad estructurada, pero no consta de recursos fregeanos. Un proposición consta de dos tipos de constituyentes (o «términos»).

i)  objetos o cosas físicas, designados por los nombres propios.

ii) conceptos (propiedades o relaciones) designados por todas las otras palabras.

Dos proposiciones distintas pueden tener los mismos constituyentes. Si una proposición consta de tres términos, dos objetos y una cierta relación, como Russell distingue entre una relación «en sí misma» y una «relación que relaciona», la identidad de la proposición no depende de la presencia independiente de esos tres términos, sino del modo en que la relación conecta ambos objetos, de su efectivo papel relacional -como «relación que relaciona»- dentro de la proposición.

Russell (1919) parece definir «proposición» como lo creído cuando se cree algo verdadero o falso, y asume que la referencia de nuestras creencias consiste en hechos.

La concepción russeliana de la proposición ha sido recientemente recuperada por S. Soames y N. Salmon, quienes proponen tratar las proposiciones como n-tuplas ordenadas.

Así, la proposición correspondiente a la oración «Juan ama a María» se representa como la tupla <<j,m>,A>, donde «j» está por «Juan», «m» por «María» y «A» por «amar a». Soames y Salmon elaboran una semántica formal para las proposiciones, asignando tuplas ordenadas (o proposiciones estructuradas) a oraciones del lenguaje natural, y definiendo, para proposiciones estructuradas, el predicado de «ser verdadero en una circunstancia dada«.

Según otra concepción muy distinta, las proposiciones son, algo no estructurado. Una forma clásica de entenderlas fue como funciones de mundos posibles a valores de verdad o incluso como clases de mundos posibles.

G. Bealer (1998) ha desarrollado un enfoque algebraico según el cuál:

i) Las proposiciones son entidades simples no estructuradas.

ii) a cada proposición se le puede asociar un árbol que muestra cómo aquella es el resultado de aplicar operaciones lógicas a individuos, propiedades, relaciones e incluso otras proposiciones.

iii) los valores semánticos de los componentes de la oración expresiva de una determinada proposición no constituyen parte de la proposición misma.

Según un enfoque tradicional, las proposiciones son los objetos abstractos con los cuales un sujeto entraría en relación con el encontrarse en algunos de los estados mentales llamados actitud proposicional, expresados a través de verbos como «creer», «desear», «saber», etc..

De ahí que las proposiciones también se puedan considerar como los referentes de las clausulas completivas «que…», de un verbo de actitud proposicional. Ahora bien, cuando dicha idea se combina con otra idea tradicional, según la cual las proposiciones son l0 significado por las oraciones y se individúan por sus valores de verdad, surgen algunos problemas.

Horwich (1990) arguye que suponer que la existencia de proposiciones es necesario para explicar ciertas propiedades lógicas de las atribuciones de creencia y para dar cuenta de nuestra práctica en hacer tales atribuciones, sin por ello tener que responder a la cuestión del estatuto del estatuto ontológico de las proposiciones. Más recientemente, Bealer (1993) ha propuesto un argumento modal en favor de la existencia de proposiciones, uniendo a la teoría algebraica antes citada una teoría de los modos de presentación «no platónicos».

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