Respuesta contra Reacción

Es muy habitual confundir la una con la otra; pero si nos paramos a observar con atención podemos determinar claramente algunas diferencias muy significativas:

La Reacción

Soltamos, «vomitamos», proyectamos una información sin poner verdaderamente, ni el valor del propio mensaje, ni el impacto que acabará provocando en nuestro interlocutor. Es decir, no tenemos en cuenta al otro tirando por tierra aquello tan importante que la pragmática de la comunicación nos dice: que el propio propio proceso de comunicación tiene aspectos que facilitan o impiden una comunicación eficaz.

Es la transmisión de una información de la que el emisor no se hace plenamente responsable; y al no hacerlo, pierde no solo capacidad para gestionarla, sino que además pierde de vista muchos de los matices que se producen en el propio acto de la comunicación.

El resultado que obtenemos es una sorpresa, una casualidad y para nada una causalidad consciente. Es una accidente en el que lo que aparece expone al orador a un precipicio que en muchas ocasiones le hace comportarse de forma rígida, no consciente y por tanto, con altas posibilidades de conducirle a un fracaso.

La Respuesta

Por contra, si nos centramos en dar una respuesta, lo que hacemos es gestionar el contexto con un mayor grado de responsabilidad («habilidad de respuesta»).

En este caso, de forma más o menos consciente, estamos poniendo en valor el mensaje que tenemos entre manos. No «soltamos o vomitamos» algo valioso. Lo que hacemos es «masticarlo» para empezar a ser conscientes de los sabores y matices que tiene ese mensaje. Y desde la responsabilidad, lo defendemos con la responsabilidad de hacer plenamente partícipe a nuestro interlocutor. Para que ese valor que sabemos que tiene nuestro mensaje, le llegue de pleno derecho al otro; para que de añadido, se sienta a su vez más valioso después de haberlo escuchado.

Es aquí cuando el propio proceso de comunicación se alía también con los participantes, no solo con el emisor, sino también con el receptor. Los dos se enriquecen ya que al ser por definición mucho más flexible, el proceso de comunicación humana puede enriquecerse con todos los matices que la propia dinámica proporciona.

Los matices del lenguaje Verbal (palabras), ParaVerbal (matices como el tono, la velocidad, etc…), y el Lenguaje NoVerbal (los gestos de la cara y el cuerpo) se gestionan como los ingredientes de un plato puesto en la mesa para satisfacer a un comensal de fino paladar.

El resultado es más esperable porque se va gestionando a medida que el proceso se va construyendo sobre si mismo. De lo accidental pasamos a lo estratégico, y por tanto, el miedo se disipa porque lo único que esperamos es dar un mejor matiz a aquello que posiblemente nuestro interlocutor, no ha sido capaz de detectar. No por su culpa, sino por la responsabilidad que tenemos como  oradores.

Síguenos y comparte:
error